jueves, 9 de mayo de 2013

Un rumbo inesperado.

- ¿En serio crees que va a funcionar?
- ¿Confías en mi?
- Hasta con los ojos cerrados.
- Entonces vamos.

Y caminamos. Caminamos kilómetros. Siempre era el mismo paisaje. Arena, sol, arena, sol, arena. Mi estómago me gruñía cada vez más fuerte, y ya no teníamos nada para comer. A lo lejos veíamos nuestro objetivo, con esperanza de encontrar un alma viva dentro de ese avión destrozado. Mientras las horas pasaban lentamente, el cielo se iba coloreando de naranja claro hasta llegar a rosa viejo. Al admirar la hermosura de ese cielo tan profundo, me acordé las exactas palabras de mi papá. "Viste el cielo? Viste sus colores? Quiero que recuerdes algo, que te va a acompañar toda tu vida. Este cielo y sus colores, tan raramente perfectos, significan que estas cerca de llegar a casa, y que pronto vas a volver."

Solté una lágrima. Al notarlo, el me agarró la mano mas fuerte, y aunque sabía que estábamos en total soledad, me dijo al oído:
- Te prometo que vamos a llegar a donde sea, juntos. Somos más fuertes que cualquier tormenta.
Solté otra lágrima. Matias rodeó mi cintura con sus brazos y me abrazó como si me estuviera protegiendo de algo. Me sentí indefensa, pero al mismo tiempo completa. Haberlo conocido era lo más maravilloso que me había podido pasar en la vida, después de las tragedias que me había tocado vivir. Lo amé mas que a nada en el mundo. Era mi amor, mi amigo, mi consejero, mi protector. Siempre ahí para rodearme con sus brazos y hacerme sentir que juntos éramos invencibles. Lo apreté cerca de mi lo más fuerte que pude, y volvió a pronunciar sus palabras: "Somos más fuertes que cualquier tormenta".

Mientras seguimos caminando me puse a recordar lo que habíamos vivido hace apenas unos días. No puedo decir la cantidad exacta, porque es el día de hoy que sigo teniendo un vacío en el recuerdo. Era nuestra Luna de Miel, ese momento tan esperado por las parejas jóvenes  Teníamos el vuelo con destino a Cuba, más precisamente a La Habana. Subimos al avión, felices como siempre, y buscamos nuestros lugares para prepararnos para la larga jornada que nos esperaba. El viaje duraba ocho horas, de las cuales cuatro fueron placenteras, dos fueron terroríficas y las otras dos nunca existieron.
Al llegar a la mitad de nuestra travesía, empezó a llover. No era una de esas lluvias livianas, que apenas mojan las hojas de los árboles. Era una lluvia pesada. Así pasó media hora, sin cesar. Cuando este tiempo se cumplió, empezaron a haber truenos y rayos. Pero tampoco eran los que normalmente vemos en la ciudad, eran ruidos ensordecedores, y rayos con tanta luminosidad que encandilaban a quien los miraba. El avión era un caos. Los niños gritaban, los adultos no podían contenerlos y las azafatas ya no sabían que hacer.
De repente hubo un apagón, y quedamos totalmente a oscuras. Atiné a agarrar la mano de Matias, para sentirme más segura, y me alivié al encontrarla rápidamente. Podíamos ver la luz más adelante, donde se encontraban los empleados del avión. Entonces escuchamos por el micrófono: "Estamos sufriendo de problemas técnicos, y vamos a tener que hacer un aterrizaje de emergencia. Por favor, guarden la calma y colóquense sus chalecos salvavidas."
Esto no era bueno. Miles de ideas cruzaron mi cabeza, y no eran precisamente agradables. Al verme nerviosa, Matiás me agarró más fuerte la mano y me dijo: "Tranquila, solo es un aterrizaje." No tenía razón. No era "solo un aterrizaje". Era un intento de aterrizaje. Siempre estuve interesada en aviones, por lo que sabía cuáles eran los procedimientos a seguir en estas emergencias. La lluvia no paraba, y empeoraba cada vez más. Sabía que el capitán estaría muy nervioso, y que los sistemas eléctricos del avión estaban fallando.
De repente, lo único que se oía en mi cabeza eran gritos. Empece a sentir que caíamos, y que nunca llegábamos a ningún lugar. Mi mente daba vueltas, no lograba reaccionar. No entendía donde estábamos, y no creía que nadie entendiera. Mi mano seguía aferrada a la de el, cada vez más fuerte. Lo último que recuerdo fue su frase, "No me sueltes."

Eso era todo lo que sabía. Cuando desperté, estábamos solos, en un paraíso infernal. Paraíso por el perfecto paisaje, infernal por la cantidad de gente inconsciente que tenía alrededor. Cuando logre hacer foco pude ver el avión a lo lejos, completamente destrozado. Al girar a mi derecha lo vi, tan hermoso como siempre, con su mano aún entrelazada a la mía  No sabía ni dónde estaba, ni cuánto tiempo había pasado, ni que había pasado después de esos gritos que llenaban mi mente. Todo lo que sabía es que estaba con vida, y no por el hecho de vivir, sino porque tenía a Matias a mi lado.


- ¿En qué pensás?
- Todavía no entiendo como llegamos acá.
- Llegamos acá gracias a nosotros, gracias a la fuerza que tiene este amor. Nada nos va a separar, te lo prometo.

Me volvió a abrazar. Sus brazos eran mi paraíso, a pesar del lugar donde estuviésemos. Confié, como el me lo había pedido. A pesar de todo, esta vez tenía razón. Lo único que nos quedaba era la esperanza.





Continuará...

I wish i could give the world to you, but love is all i have to give.